Aprendiz de la vida

Nadie nos enseña a amar

A todos nos ha pasado. Nos enamoramos, vivimos intensamente, hacemos tonterías, terminamos lastimados. Es en el amor cuando sale de nosotros un ser que no nos atrevemos a reconocer. Es cuando hacemos las mayores proezas, se escriben los más bellos poemas y logras lo que nunca creíste lograr. También es, por otra parte, cuando actúas más irracionalmente, cuando más soportas actitudes que se sienten mal y cuando exiges cosas irreales. Es normal, y hasta cierto punto, está bien porque nadie nos enseña a amar.

El amor es un sentimiento tan intenso que te empuja a la vez que te amarra. Te libera encarcelándote. Te hace sentir pleno al destrozarte por dentro. Te hace sentir el más poderoso pero nunca logras saciarte. Te apaga el cerebro mientras te hace ver lo más hermoso del mundo. Lo compartes pero quieres todo para ti. Te exige tiempo aunque es lo más libre que te vas a sentir. En fin, el amor es el sentimiento de las contradicciones.

Siendo así, es normal que no siempre sepamos cómo dirigirlo. Además, hay tantas formas de hacerlo, de expresarlo, de sentirlo, que terminamos construyendo nuestra propia definición de amor. Es de los pocos casos donde hay un consenso en que cada quien lo vive a su manera, y es precisamente eso lo que hace tan difícil que nos pongamos de acuerdo. Una mezcla de impulsos, rutinas, hábitos, historias y lenguajes que se crean y mueren cada día.

¿Es más puro el amor de pareja o de familia? ¿Qué tal con los amigos? ¿Es mejor o peor en la juventud o en la vejez? Sea como sea, y a pesar de los dolores que siempre tenemos al amar, es indudablemente la razón por la que vale la pena estar vivo. Así que, a lo que yo te invito, es a que construyas el amor que quieres vivir.

Sal. Platica. Piensa. Lee. Cuestiona.

Haz lo que sea necesario para amar plenamente. Si nadie te enseñó a amar, es tu responsabilidad aprender.