¿Cuál es el motor de mi vida?
Hay preguntas que, inevitablemente, nos hacemos a lo largo de la vida. Con cada experiencia, moldeamos nuestro entendimiento y construimos nuestra historia. Lo que pensamos de nosotros mismos y de cómo funciona el mundo influye en nuestras decisiones, y a partir de ellas aprendemos, continuando así con la construcción de nuestra identidad. Una de las cuestiones que más impacto tiene en nuestro comportamiento es el significado que le damos a la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué nos impulsa a seguir viviendo?
A pesar de que hay innumerables posturas y han corrido ríos de tinta posicionándose al respecto, me limitaré a contrastar, a grandes rasgos, dos de las visiones que más me han influenciado: todo pasa por algo, donde algo más grande que nosotros nos da el camino a seguir, y no hay un significado intrínseco, donde tú tienes la libertad de decidir.
Empecemos con la primera posición: todo pasa por algo. Esta es una postura con la que me sentí completamente identificado hasta hace unos años. Me parecía reconfortante pensar que todas mis desgracias, equivocaciones y las tragedias en general tenían un objetivo. Me hacía sentir acompañado, pleno y seguro de mis decisiones, pues los caminos me llevarían naturalmente a un destino. Sin embargo, hubo un día en el que me desenamoré de esta idea porque, en apariencia, entraba en conflicto con el libre albedrío. Si todo tiene una finalidad intrínseca, no puedes faltar a ella. Me daba la impresión de que no importa lo que decida, si todo pasa por algo, generalmente oculto a mis ojos, no estoy decidiendo realmente. Fue entonces cuando abracé momentáneamente la segunda postura.
No hay un significado intrínseco, una idea existencialista. Lo único a lo que estamos condenados es a ser libres. Lejos de sentirnos perdidos porque no hay un rumbo, debemos alegrarnos de que podemos decidir a dónde ir. Por un momento, esta frase me aliviaba en mis momentos duros, pero sobrepensarla puede llevarnos a una conclusión peligrosa: Si la vida no tiene un sentido intrínseco, realmente nada de lo que hago importa, de todos modos moriré. Llevada al extremo, este pensamiento, lejos de motivarnos a vivir, puede desmotivarnos a seguir, hacer que sintamos que no tenemos influencia en el mundo.
Actualmente, me siento lejos de tener la "verdadera respuesta". No obstante, algo que me ha ayudado a sentirme bien es un punto medio. Evidentemente, estas visiones son contradictorias en algunos puntos si las aplicamos para todo, pero podemos aplicar un poco de las dos en aspectos diferentes de nuestras vidas. Viktor Frankl, en El hombre en busca del sentido, nos habla de la logoterapia, que a grandes rasgos, implica que para sentirnos plenos tenemos que darle un sentido a nuestras acciones, convencernos de que lo que hacemos tiene repercusiones significativas para nosotros y/o para los demás. Por ejemplo, hay a quienes les sirve pensar que cada dificultad es una oportunidad para aprender. Desconozco si es cierto eso, pero pensarlo es útil.
Últimamente, me he preguntado qué tan importante es saber fácticamente si en realidad existe o no una razón. Me he dado cuenta de que, en aspectos emocionales, no es posible ni necesario llegar a una verdad comprobable siempre. A veces, basta con creer en lo que nos es más útil, en lo que nos está llevando a cumplir nuestros objetivos, en lo que nos hace sentir felices. Es algo que, debido a mi formación en física, me ha costado trabajo aceptar, pero no todo puede ser puesto a prueba con el método científico.